KAMASUTRA
4. LA VIDA DEL HOMBRE ELEGANTE

Después de terminar los estudios y convertirse en cabeza de familia, gracias al patrimonio acumulado con donaciones, victorias militares, comercio o un estipendio, o recibido por herencia, ya ganado o heredado, un hombre debe llevar vida de elegante(24). Viva en una capital, en una ciudad, en un ba­rrio o en un importante centro, donde está la gente de bien; también puede hacerlo en otro sitio, según sus medios de sub­sistencia. Aquí se haga construir una casa cerca del agua, que tenga un jardín con árboles, un patio distinto para los traba­jos y dos habitaciones.
En la habitación exterior ponga una cama blanda, almo­hadas en los dos extremos, flexible en el centro y con una col­cha blanca, y un pequeño sofá adicional. Junto a la cabecera de la cama, un asiento de paja [para cumplir las devociones a los dioses] y una banqueta. Encima de ésta, sobras de la no­che, ungüento y una guirnalda, un cestito de cera de abejas, un estuche de perfume, cortezas de limón y hojas de betel(25). Una escupidera en el suelo.
En la habitación habrá un laúd colgado, una mesa de di­bujo, un estuche de pinturas, un libro y guirnaldas de ama­rantos amarillos. No lejos de la cama, en el suelo, un asiento redondo, en el que se pueda apoyar la cabeza; una mesa para los dados y una mesita de juego.
Fuera de la habitación, jaulas de pájaros domesticados; a un lado, un sitio para hilar, para los trabajos de carpintería y otros entretenimientos. En el jardín arbolado, un columpio bien mullido, a la sombra, y un poyo de tierra dura [bajo una glo­rieta de enredaderas, y por esto] lleno de flores. Es la disposi­ción de la casa.
El hombre elegante se levante a buena hora y procure cum­plir con sus obligaciones: se cepille los dientes, se dé una do­sis moderada de ungüento, de incienso y se ponga una guirnalda; se pase la cera de abejas y el lápiz [por los labios], se mire en el espejo y tome betel para perfumar la boca; lue­go inicie sus ocupaciones.
Báñese todos los días; cada dos, friegas; cada tres, se pase la concha de jibia [en las piernas, desde las rodillas para abajo]; cada cuatro, se afeite; cada cinco o diez [según el méto­do], se depile [las partes íntimas], sin excepciones; y, a diario, se quite el sudor de las axilas tapadas.
Coma por la mañana y por la tarde; por la mañana y por la noche, opina Carayana. Tras el desayuno, puede dedicarse a enseñar a hablar a papagayos y estorninos; monte peleas de perdices, gallos y carneros, y pasatiempos artísticos. Se ocupe de lo relacionado con el pithamarda, el vita y el vidusaka(26), luego, un breve descanso. Por la tarde, después de realizar el aseo personal, se dedique a juegos de tertulia, y, por la noche, a los espectáculos musicales. Al terminar, con los amigos, en la habitación bien acomodada y rebosante de incienso perfu­mado, espere en la cama a las mujeres en visita amorosa, man­de a alcahuetas o vaya personalmente en su búsqueda. Reciba en compañía de los amigos a las huéspedes con palabras adu­ladoras y con gestos corteses; se preocupe personalmente de que estén guapas las que, al venir a hacerle una visita con mal tiempo, por la lluvia se han desarreglado; o se encarguen los amigos; luego procure que a todas se les colme de atenciones. Son las distintas ocupaciones del día y de la noche.
Además debería organizar procesiones, promover encuen­tros en su círculo de conocidos, libaciones, excursiones al campo y juegos de sociedad. El día de la quincena o del mes(27), que ya todos conocen, den una fiesta con hombres encarga­dos de la misma en el templo de Sarasvati(28). Actores foraste­ros ofrecezcan un espectáculo, y, al día siguiente, reciban el agasajo y la compensación pactada. Luego, según los deseos, se les puede volver a ver actuar o se les despide; en caso de ausencia por desgracias o festejos, [los actores extranjeros y los encargados] se sustituyen. Los huéspedes que hayan in­tervenido reciban aplauso y ayuda. Son los distintos deberes de sociedad. El mismo planteamiento vale para las distintas procesiones, con sus normas pertinentes, de cada una de las divinidades.
La "tertulia" tiene lugar cuando hombres de cultura, inteli­gencia, carácter, posibilidades económicas y edad parecidas se reúnen con sus cortesanas en casa de una de estas mujeres, en un salón, o en la morada de uno de ellos. Intercambien opi­niones sobre poesía y arte. Se rinda homenaje a los que son brillantes y queridos por la gente, y se invite a los que son muy estimados.
Ténganse las fiestas de forma alternativa: una vez en casa de uno, otra en casa de otro. Y los elegantes inviten a las cortesanas a beber, luego beban ellos madhu, maireya y asava(29) con aperitivos: salados, a base de fruta, verduras y hortalizas, amargos, picantes y agrios. Esto mismo sirve para las excursiones. Ellos irán a caballo por la mañana temprano, elegantemente vestidos, en compañía de cortesanas y segui­dos de criados. Coman y pasen el tiempo con peleas de ga­llos, perdices y carneros, con juegos, espectáculos y actividades lúdicas; por la tarde, al volver a casa, traigan recuerdos de la visita a ese parque. Con esto queda expuesto cómo se pue­den divertir con el agua, durante la estación calurosa, cuando se prepare para bañarse un sitio en el que no haya animales.
Diversiones de sociedad: la noche de los yaksa, vigilia de Kaumudi, la fiesta de primavera; coger mangos, comer granos tostados, degustar fibras de loto; juego de las hojas verdes, ti­rar agua con pajitas, imitar con muñecos, el juego del único árbol de salmali; día de la cebada; día de la litera; fiesta del dios Amor; coger flores de artemisa; carnaval; hacer coronas de asoka, recogiendo flores; juego de los ramos de mango, romper cañas de azúcar, peleas con flores de kadamba. Los elegantes participen en estos y otros pasatiempos, universales y locales, distinguiéndose de la gente común(30). Si uno está solo, se comporta en función de sus riquezas; así queda ilustrada también la conducta de la cortesana y de la enamorada con las amigas y con los elegantes.
Un pithamarda es un hombre sin patrimonio, solo; sus pro­piedades son una silla portátil, una concha de jibia y ungüen­to; viene de un país respetado, experto en las artes y, cuando las enseña, tiene éxito tanto en la tertulia como en las activi­dades a que se dedican las cortesanas.
Por el contrario, un vita es el hombre que ha disipado sus bienes, es del lugar, posee buenas cualidades, tiene mujer y es muy estimado en el ambiente de las cortesanas y en las ter­tulias, y de ahí saca para vivir. Por el contrario, es un vidusa­ka, un bufón el que tiene una cultura limitada, le gusta hacer reír y goza de confianza.
Para las cortesanas y para los hombres elegantes son los ministros encargados de la paz y de la guerra. Vale también este planteamiento para las monjas mendicantes, las rasuradas, las mujeres de costumbres ligeras y las viejas cortesanas, que conocen las artes.
El que vive en un pueblo debe despertar el interés de sus familiares inteligentes y curiosos, describiendo la vida de los hombres elegantes y suscitando en ellos el deseo, y compór­tese exactamente igual; promoviendo las tertulias, alegrando a la gente, yendo a visitarla, prestando su ayuda a las obras emprendidas y haciendo favores. Es la vida del hombre ele­gante.
Valgan unas estrofas sobre el particular:

Quien con lenguaje ni demasiado refinado
ni demasiado popular
mantiene la conversación en las tertulias
puede gozar de alta estima entre la gente.

El hombre precavido no debe pisar
una tertulia que todos aborrecen,
entregada a desórdenes,
pues sólo pretende perjudicar a los demás.

El hombre sabio triunfa en el mundo,
si frecuenta una tertulia
que satisface a la gente
y se ocupa simplemente de entretener.


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