w
|
KAMASUTRA
|
| INTRODUCCION |
|
Ninguna obra literaria de la India clásica y, pensándolo bien, ninguna otra de una civilización tan remota ha tenido la suerte, en Occidente, de ser tan célebre como el Kamasutra, el libro de arte erótico compuesto por Mallanaga Vatsyayana en el siglo III d. C. El término incluso se ha colado en el lenguaje común como sinónimo de una sensualidad que no deja nada a la improvisación, y que resulta excesiva y extravagante hasta to inverosímil. Esta fama que acompaña al Tratado sobre el Amor -así podemos traducir el título sánscrito-- ha nacido de la larga enumeración, contenida en la Segunda Parte, de las posturas amorosas, besos, abrazos, arañazos, mordiscos y cosas parecidas, que sin duda resultan sorprendentes para un lector occidental, alejándose de su concepción de lo permitido, en un tema tan delicado, y poniéndolo por escrito. Pero los efectos de la distancia cultural han ido más lejos; han sido cómplices, traducciones especializadas a inaccesibles, o descuidadas o trasnochadas. De todas las formas, de la sorpresa al juicio apresurado hay una distancia muy corta, y por esto para la mayoría el Kamasutra se ha convertido en un libro picante, lujurioso, incluso pornográfico e inmoral. ¡Qué lejos estaba de todo esto el sabio Vatsyayana con sus nobles y serias intenciones! En primer lugar, el Kamasutra no se ocupa sólo de las prácticas eróticas, sino de las relaciones entre hombre y mujer en su totalidad. Se impone una advertencia: India nunca ha entendido estas relaciones en términos de dedicación afable, sentimiento angelical, atracción recíproca; toda la concepción india del amor se devana del deseo sensual, de la atracción física, que no se degrada nunca a un segundo plano. El sexo estaba, naturalmente, sometido a normas y a vetos -incluso mucho más rigurosos que los que nos han maniatado en Occidente- de orden social y religioso, pero en sí no evocaba ni el rechazo ni los placeres del pecado. Reconocido como expresión de una exigencia natural, se le consideraba entre las necesidades primarias: "las acciones relacionadas con el Amor tienen la misma naturaleza que la comida, ya que contribuyen al sostenimiento del cuerpo" (I, 2). En una visión de este tipo no sorprende que los abrazos de los amantes sean considerados el placer supremo en esta tierra, y que, por el contrario, el amor insatisfecho evoque abismos de sufrimiento. El Kamasutra es un tratado con intenciones cientificas y educativas, creado para enseñar a los hombres y a las mujeres el comportamiento que deben tener ante el deseo, y cuyas indicaciones seguirán para conseguir una feliz vida amorosa. La función de la sensualidad está definida en el conjunto de relaciones entre los sexos, examinadas, con gran despliegue de particulares, en todos sus aspectos: los principios éticos, la formación preliminar, el flirteo, la conquista, el matrimonio, las relaciones con distintas mujeres en una época de poligamia, la prostitución, el adulterio. Vatsyayana no calla ni siquiera las cosas que desaprueba. Al multiplicarse las situaciones, se estudian los estados de ánimo y las reacciones de los amantes con un profundo alarde de psicología; se advierten las implicaciones sociales y las consecuencias de las decisiones tomadas, y ni siquiera se olvida que a lugares distintos pueden corresponder costumbres y aspiraciones distintas. Con su estilo expositivo, el Kamasutra quiere colocarse en el ámbito de los textos "oficiales" de su tiempo, expresión de una honorable y ponderada doctrina: la forma de exhortación realizada mediante una serie de aforismos (sutra, aforismo en prosa) es una de las privilegiadas entre la tratadística sánscrita más antigua. La base de la composición de una obra de este estilo se encuentra no sólo en una visión benévola de la sensualidad, sino también en un detenido y sólido ánalisis del puesto que ésta debe ocupar en la vida humana. Desde las primeras palabras, Vatsyayana alude a la doctrina clásica y fundamental que regula la ética brahmánica y más tarde la hindú: mientras se encuentre en esta tierra el hombre está obligado a cultivar un determinado grupo de valores, definidos "fines de la vida" (purusartha), o la "tríada" (trivarga) por antonomasia, que contribuyen, más aún son indispensables, al bienestar de uno y de todo el mundo. Éstos son el dharma, el artha y el kama. Para estos términos, y en particular para el primero, que se entiende en toda su amplitud sólo haciendo referencia a una representación total de lo que existe, las lenguas occidentales no tienen una correspondencia exacta, y por esto, aunque en la traducción del Kamasutra los hayamos traducido, respectivamente, con la Ley Sagrada, lo Útil y el Amor, conviene tener presente que los significados sobreentendidos son específicamente indios. Con dharma se indica el orden cósmico; en el ámbito de los fines de la vida, la adecuación de los hombres a este orden, o sea la observancia de las normas rituales y de las leyes, comprende el respeto de los derechos y deberes de la clase social en la que se nace. Se trata, en resumen, del uniformarse activo con todo lo que consideran justo tanto los libros legales como la épica. El artha expresa, por el contrario, el fin concreto por el que nos movemos y, en particular, los intereses materiales y la riqueza. Más que a ningún otro, la tutela del artha es deber del soberano, cuyo bienestar coincide con el del reino y el de los súbditos -en otras palabras, el artha es su dharma personal. Con kama se designa fundamentalmente el deseo, cómo realmente uno puede inflamarse para que todo se haga por gusto y produzca satisfacción; lo que más apetece y produce la satisfacción suprema es, naturalamente, el placer erótico, de aquí que el vocablo se convierta casi en un sinónimo de éste; y de esta manera la sensualidad ocupa el primer puesto en la visión india del amor. Hasta ahora siempre se habla de los hombres, y ¿qué lugar ocupan las mujeres? En la sociedad brahmánica, su vida transcurre por caminos muy angostos. Relegadas a una posición de constante inferioridad, generalmente consideradas seres peligrosos a impuros, la ortodoxia las excluye del aprendizaje de la ciencia sagrada y de participar en el rito védico, asimilándolas a los estratos más bajos, serviles, de la colectividad. Ellas no son más que la prolongación de un hombre, del que dependen siempre y al que siguen en su destino incluso en el más allá: padre de doncellas, luego un indispensable esposo. Este último tiene que ser honrado como un dios; en particular, a él se deben la procreación y el cuidado de los hijos machos, y sólo éstos son importantes para él, ya que un día cumplirán los ritos necesarios para mantenerlo en el cielo. Pero, precisamente en esta función, comienza a aparecer para la mujer la posibilidad de rescate. Si sabe adherirse sin retractarse a este ideal de entrega y de fidelidad absoluta, se redime de la infamia y de la iniquidad congénita que se le imputa, transformándose en un ser sublime. El deber de las mujeres, su dharma, al unirlas de forma indisoluble a un hombre, las pone al servicio del Amor. Esto vale para todos los casos; si renuncian a la misión de esposas, pueden tener consistencia social sólo como prostitutas. Podríamos pensar que, al considerarles seres inferiores, en el ámbito erótico a la mujer se la concibe sólo como un instrumento para el placer masculino. Pero, por una especie de milagro cultural, sucede exactamente lo contrario; dado que el amor es su misión reconocida, en la sensualidad ella adquiere paridad absoluta con el hombre. Por otra parte, ¿cómo se podría dar la verdadera satisfacción del deseo, que de por sí es un valor que tenemos que buscar, sin la participación y los estremecimientos de ambos? Toda la literatura sánscrita no cesa de proponer como modelo a la compañera satisfecha en una intimidad sin egoísmos, y a la que se le consiente, en caso contrario, reivindicar sus derechos. Para Vatsyayana éste es un punto firme. Muchas de las partes del Kamasutra, en particular la sección sobre el amor físico, resultarían absolutamente inconcebibles si en el plano erótico las mujeres no fuesen consideradas a todos los efectos iguales a los hombres. El amor,
por tanto, tiene como base la sensualidad, ocupa un puesto reconocido
en la vida del hombre y es la esencia de la mujer, y en la satisfacción
de éste ambos pueden reclamar las mismas exigencias. Por esto en
la literatura normativa brahmánica, donde como regla el interlocutor
es sólo el macho, el Kamasutra se presenta como una clamorosa
excepción: es el único tratado que se dirige, abiertamente,
también a un público femenino, y en él se invita
a las mujeres -tanto a las nobles como a las cortesanas- a estudiarlo
con provecho. Vatsyayana no es una excepción: no se conoce con certeza ningún dato sobre su vida, y su colocación en el siglo III d. C. es el resultado de minuciosas referencias, obra de estudios modernos. Trazos característicos de la India, concepción mítica de la historia y la debilidad de la noción de individuo borran casi siempre los datos biográficos en beneficio de acotaciones ficticias, cargadas de simbolismo. Pero la cosa no es tan grave como parece: si una civilización rechaza de forma terca cierto tipo de datos es porque, para entenderla, éstos no son indispensables. Asentada en presupuestos despersonalizantes, la cultura india tiende a moverse en ondas objetivas y corales, en donde cada voz se anuda al pensamiento predecente para reelaborarlo; y pretende que nos enfrentemos con ella en términos de historia de las ideas y no de mera cronología y de innovación revolucionaria del individuo. Vatsyayana se coloca, consciente y orgulloso, en esta tradición. Cuando compone su obra, el brahmanismo ha redactado los textos fundamentales sobre el dharma y sobre el artha, o sea, el Dharmasastra atribuido a Manu y el Arthasastra atribuido a Kautilya. Vatsyayana copia, evoca a imita distintos apartados de este último tratado, que ha tomado como modelo tanto en el espíritu como en la estructura y estilo. Pero sobre el kama, como recalca el autor del Kamasutra desde el primer párrafo, existe una literatura floreciente, que él toma como fuente y justificación. Vatsyayana asigna a la teoría de los fines de la vida un origen celeste, atribuyendo la primera, oceánica elaboración a Prajapati, dios creador de la literatura védica. Las enseñanzas del Señor supremo se habrían luego subdividido y recopilado por tres autores distintos; cada uno se habría ocupado de exponer un fin: Manu el dharma, Brhaspati el artha y Nandin, siervo del dios Siva, el kama. Manu, considerado el primer hombre por la mitología, es el presunto autor de un tratado sobre el dharma, nada imaginario, como tampoco los autores de los otros dos tratados, aunque estos personajes no se puedan encasillar entre datos biográficos. La extensión que el Kamasutra atribuye al tratado de Nandin (mil capítulos) es demasiado amplia para poder pensar en obras reales. La situación
cambia cuando Vatsyayana decide ocuparse de uno de los fines de la vida:
el kama. Las nieblas de la leyenda se desvanecen. Svetaketu, que
habría resumido la amplísima obra de Nandin, parece
que vivió realmente, y sobre todo parece ser que existió
un ensayo sobre el Amor que se le atribuye: Vatsyayana, en el trancurso
de su obra, convalida con citas la existencia de sus predecesores
a partir de la obra de Svetaketu. Desde las primeras líneas Vatsyayana no se nos presenta como un autor original, sino más bien como un reelaborador, en términos de actualizar, de doctrinas que en su época ya eran antiguas. La prueba de todo esto se encuentra en las citas, o mejor dicho en las paráfrasis, que aparecen continuamente en esta obra, del pensamiento de sus predecesores desde Svetaketu en adelante. Cuando no añade ningún comentario, y es el caso más común, significa, según un procedimiento estilístico recurrente en la tratadísitica sánscrita, que lo comparte en su totalidad. Más
frecuentes críticas reciben, por el contrario, las opiniones de
los no mejor identificados "maestros", quizá invocados
sólo con el pretexto de la discusión. Si desea introducir
en el debate su visión particular, Vatsyayana se cita a sí
mismo en tercera persona; aunque esto no tenga lugar, la implicación
es que sólo intenta perfeccionar el material preexistente
a su época, sobre todo en los textos de Babhravya, de su escuela
y de sus siete epígonos. El autor del Kamasutra emerge como el
continuador de una ferviente tradición literaria, en la que no
rechaza añadir la óptica en la que se han destacado los
grandes autores de la antigua India, que no quieren cortar las raíces
de sus venerables doctrinas y siempre reclaman la autoridad de todo to
que noblemente los precede.
|
![]() |
PUTITAS
ARDIENDO!! ¿Quieres Chatear con ellas? ¿Las Quieres Ver Follar? |
![]() |